Hace ya un par de semanas visitamos el festival Enraizarte, en Peñascosa, un pequeño pueblo de la provincia de Albacete enclavado en el corazón de la Sierra de Alcaraz.

Su nombre ya nos lo dice todo: Peñascosa, “lugar de peñascos”. Un territorio de impresionante geomorfología kárstica, donde los saltos de agua se transforman en esculturas vivas.

Los barrancos se abrigan entre formaciones de toba y, sobre ellas, se alzan rocas modeladas por el agua y el viento, como lanzas dirigidas hacia el cielo. En medio de este paisaje, descansan dolinas de aguas mansas y frescas, rebosantes de vida.

El festival, aquí, queda en un segundo plano… o en un tercero. En realidad, no podemos compararlo con el lugar que lo acoge.

La Sierra de Alcaraz, quizá por mi cercanía a las sierras de Segura, Cazorla y Las Villas, había sido hasta ahora una gran desconocida para mí. La había visitado alguna vez junto a Alejandro Fernández, oriundo de Molinicos, y sus perros truferos, Tuna y Canelo. Pero siempre era invierno y nuestra mirada permanecía dirigida al suelo.

Tan conmovida me he sentido por la magia de este lugar que mi caravana descansa ahora, durante unos meses, al abrigo de sus bosques, desde el que seguir explorando esta hermosa sierra.

Un entorno así parecía ideal para albergar un festival que presenta la autogestión y la agricultura regenerativa como ejes centrales de sus actividades.

Para mí, Enraizarte significa envolverme en la raíz, jugar con ella y nutrirme, del mismo modo que el micelio de tantos hongos cooperadores se relaciona con aquello que permanece oculto bajo el bosque, creando arte.

Pero bueno, quizá mi cuerpo ya no esté preparado. Quizá la madurez me cubra con una niebla de juicio y no me permita mirar estos festivales con suficiente ligereza. O quizá ocurra justo lo contrario.

Pero no voy a hablar del festival, sino de dos puestos de artesanía que me cautivaron, porque de cada experiencia intento saborear, sobre todo, aquello que me ha hecho vibrar.

Uno de ellos era el de unas chicas que, con sus manitas y sus mentes inquietas, crean pequeños kits de escritura con papel vivo, pegatinas con esencias y huellas vegetales que inmortalizan la biodiversidad de su tierra. Artisteando.

¡Me quería llevar el puesto entero! Y a ellas con él, para mostrar en los institutos y en las aulas universitarias que otra forma de generar riqueza es posible.

Claro que no me refiero a esa riqueza que simplemente hace rico, sino a la belleza que hace que algo sea realmente valioso. Aquí os dejo una imagen de su puesto y también su web.

Y dejo para el final otro, el descubrimiento de este año, "ARTE PERETI" que me volvió loca. Quizá porque su material principal es la madera, pero no una madera cualquiera, sino esa que ya no queremos: la que ayuda a transportar las cosas que vendemos o la que queda olvidada, e incluso arruinada, después de ser desechada.
Este artista no tiene precio. Cada lámpara es, en sí misma, una obra de arte; una pequeña escultura construida, tallada y cuidada hasta el último detalle con elementos que ya habían dejado de cumplir su cometido.
Aquí os dejo también una imagen de su puesto. Venían desde Madrid y me resulta increíble que allí no encuentren —o no les faciliten— un lugar donde mostrar estas maravillas como merecen.
A mí, sinceramente, me parecen piezas dignas de una galería de arte.

Y esta es la pieza que nos trajimos nosotras, ahora reposa sobre nuestro rincón favorito de casa, creo que sus ojos son de un microscopio, al menos a mi me lo parece, ¡se me olvidó preguntarle al artista! Si es así acabo este post casi como lo comencé.

Una imagen vale más que mil palabras.

Si fuésemos capaces de mirar a través de estas lentes, como si se tratara de unas gafas mágicas —como las que este entrañable robot de madera tiene por ojos—, descubriríamos todo aquello que permanece oculto a simple vista.

Veríamos los micelios conectándose con las raíces de enormes árboles; las diminutas secreciones de néctar que algunos ácaros emplean para domesticar a sus hormigas; las gotículas de esencia desprendiéndose de las hojas de tomillos, romeros, salvias y madreselvas, inundando de aroma esta sierra.

Seríamos capaces de encontrar belleza más allá de una madera caída, de un agujero en la tierra, de una plaga en la tomatera o de un sinfín de pequeñas hierbas que apenas alcanzan a dar sombra.

Porque son precisamente esas estructuras diminutas, casi invisibles, las que se conectan, colaboran y funcionan para que podamos disfrutar de este paisaje.

Y aquí es donde cobra sentido la sostenibilidad en los pequeños gestos de estas artesanas y artesanos. Porque no es solo la espectacularidad de la obra lo que justifica su trabajo, sino todo lo que hay detrás: ayudan, colaboran, divulgan y transforman aquello que parecía haber perdido su utilidad en algo mucho más bello, más amable y, de algún modo, más eterno.

Seguiré visitando estos festivales, aunque solo sea para asomarme a sus trabajos y descubrir todo lo que sus manos inquietas son capaces de transformar.